Panegírico

Agenda de Extinción – 7ª Parte

 

por Patrick Kapera

 

Traducción de Peter Banshee

 

Jueves, 22 de Julio, 2004
2348 horas GMT (1:48 de la madrugada, hora local)
El Mar Báltico

“Estooo, blanco confirmado,” balbuceó Félix en su radio táctica que tenía sobre el hombro.

“¡Bra-vo!” El Dr. Kholera aplaudió en fingido aplauso por los esfuerzos del héroe. Él y el mutante Strik-9 estaban unos 23 metros por encima, al borde de su ostentoso escondite, una inmensa estructura de acero que sobresalía del costado de la isla como un tumor salvaje e incontrolado. Desde la costa, esa monstruosa bestia metálica parecía la parrilla de un clásico coche deportivo, una extraña fachada retro para ser el cuartel general de una de las mayores mentes criminales de todos los tiempos.

“Estoy impresionado,” continuó Kholera. “Esperábamos que encontraseis la isla, pero el llegar tan lejos…”

La verdad era que casi no lo habían conseguido. Las defensas de la isla eran formidables, sensores y trampas letales por doquier. De las dos docenas que habían aterrizado en la lejana orilla, solo Beowulf, Ulyana Ustov, Sparks, Félix, cinco GRU, y cuatro SAS ahora estaban frente al arquitecto de los campos de exterminio, y ninguno de ellos había llegado indemne.

Sparks disparó su gancho de muñeca a la estructura, solo medio metro por debajo de la posición de Kholera, y tiró de el para fijarlo. Pero antes de que pudiese conectar el cabestrante, un flujo de chispeante electricidad corrió por el cable, haciéndole tambalear.

Kholera se rió, ser rió de verdad. “Me encantaría seguir con esto, de verdad, pero me temo que tengo unos invitados a los que atender. Pero quizás pueda dejaros un regalo de la fiesta. Después de todo, habéis llegado muy lejos y no quiero que os vayáis con las manos vacías.”

El muro que tenía debajo de él se abrió, vomitando soldados tras soldados afectados por el Zero Sum.

“¡Retroceder!” Gritó Félix, disparando un tiro descentrado a uno de los lacayos que se acercaba. La bala alcanzó el hombro del antiguo agente, haciéndole caer. “¡Solo fuego no letal!”

Un estruendoso disparo de una escopeta alcanzó a Félix en el pecho, reduciendo su chaleco anti-balas a unos harapos y lanzándole a los matorrales.

“¿Y eso que tendría de divertido?” Dijo el que había disparado, un hombre alto y rubio de blanca piel que llevaba una gruesa gabardina cruzada.

“¡Gerhard!” Llegó la aguda voz de Kholera. “Muéstrales el camino de salida, por favor.”

“Gustosamente,” dijo el secuaz. Le hizo un agujero a un par de los soldados Rusos y se dirigió hacia el resto del equipo.

“¡Al Arca!” Dijo Kholera, dándose la vuelta para irse. Strik-9 se quedó un poco, una rancia sonrisa arrugando su cara mientras se desarrollaba la carnicería debajo de él. Un momento más tarde, se giró para seguir a Kholera.

 

 

El mini submarino de Barracuda emergió en silencio junto a la inmensa estructura del escondite y abrió la escotilla. Poole y Alex salieron silenciosamente y ella se metió en el agua, nadando hacia el cuartel de mando que estaba en la parte posterior.

Poole dio una palmada en el casco del mini submarino y miró a los ojos a Barracuda. “Sumérgete, tío. Aquí arriba esto se va a poner peliagudo.”

“Hecho y hecho, Dick,” sonrió el buzo.

Poole ignoró la broma y cerró la escotilla, metiéndose en el agua y siguió a Alex. Si no hubiese estado pendiente, no hubiese escuchado la grácil salida del vehículo detrás de él.

“Me alegra que estés aquí,” dijo al llegar a la estructura. Alex ya estaba varios metros por encima de él, ascendiendo lentamente por la lisa superficie con un juego de las últimas ventosas de succión de Viper.

“Vale, eso hace que uno de nosotros esté alegre,” contestó ella.

Alex.La voz de Poole no era de súplica, más bien de sorpresa, como un padre regañando a un niño. Alex nunca le había visto suplicar por nada, pero conocía muy bien este tono. Pero hasta ahora nunca se había permitido fijarse en lo degradante que era.

Ella miró fríamente a su breve pareja, con el dedo índice en los labios, y luego señaló hacia el borde de la estructura, que estaba un poco por encima de ellos. Poole escuchó pasos y voces, y su mirada se endureció. Una de las voces era la de Kholera.

“Comprueba cómo están los invitados, por favor. Yo tengo que ver al Capitán.”

“¿Nos vamos? ¿Y qué hay de…” Poole también conocía la segunda voz. Strik-9.

“¿Gerhard?” Preguntó Kholera. “Su deuda conmigo ya ha sido pagada. Sin la confianza que ello conllevaba, no veo que tenga un sitio en el nuevo mundo.”

Alex y Poole escucharon como unas pisadas se detuvieron, las otras deteniéndose unos pocos pasos después. “Vamos,” escucharon a Kholera. “No hay de que preocuparse. aún tienes una deuda conmigo, Strik-9.”

Los villanos se alejaron en silencio, y Alex prosiguió con su ascenso. Llegó al plano techo de la estructura y sin mirar hacia atrás para comprobar donde estaba Poole, se dirigió a la escotilla de entrada. El remordimiento la abrumó no mucho tiempo después, y se dio la vuelta, soltando, “Yo no te debo nada…”

Poole estaba justo detrás de ella.

“…de nada.” Su voz se acalló.

“No. No me debes nada,” contestó él.

“Me salvaste en Las Estacas. No fue la primera vez.”

“En cuanto a deber vidas, creo que yo aún debo bastantes.”

Se miraron fijamente. Cada uno esperaba que el otro hablase primero.

“¿Por qué tienes que ser tan malditamente educado?” Preguntó por fin Alex.

Los labios de Poole se cernieron sobre los de ella, pero Alex le retuvo, la palma de su mano apretando fuertemente el pecho de Poole.

“Necesito confiar en ti,” dijo ella.

Poole retrocedió, incredulidad y asombro asomándose en su cara. “Debes estar de broma. No deberías ser tu la que hable de confianza.”

“Nunca te mentí.”

“¿De verdad? ¿Y lo de Taipei? ¿Wei-Yung? ¿Qué te reveló él sobre tu padre?”

Alex le miró ofendida. “¿Me has estado espiando?”

Poole tuvo un momento de déjà vu mientras levantaba la mano para defenderse. “Era solo por tu propio bien,” dijo.

“¿De verdad? ¿‘Por mi propio bien’? ¿Cómo todas esas personas a las que borraste de la faz de la tierra con una bomba hace solo unas horas? ¿Cómo Emilio?”

“Eso no es justo. Tu y yo sabemos—”

“¿Qué? ¿Qué Emilio podía haber salvado Ámsterdam? ¿Él solo? Sin ti. No tenía porque morir. Tu y yo sabemos eso.”

De repente, la estructura tembló, violentamente, casi haciendo caer a los intrusos. Tembló durante un momento más y luego se empezó a alejar paulatinamente de la costa, alejándose de la isla. A través de sus pies, dentro de su concha de acero, Alex y Poole sintieron como máquinas cobraban vida. También notaron una inclinación gradual al hundirse lentamente la estructura bajo la superficie.

“¡Es un submarino!” Exclamó Alex.

“¡Toda esta maldita cosa se está hundiendo!”

 

 

“¡Quédate conmigo!” Gritó la Mayor Ustov. Arrastró a Félix mientras soltaba otra ráfaga de ametralladora a los lacayos que se les estaban acercando. Y otra vez, el peso del Patriota la hizo desviar el tiro, y las balas se perdieron.

“Permíteme,” dijo Beowulf, poniendo el cuerpo inconsciente del Patriota sobre su hombro. Esto dejó que Ustov sacase su segunda ametralladora y pudiese apuntar con ambas a Gerhard. Beowulf sabía que esta era la mejor oportunidad que tenía para ralentizarle — al menos si todos querían salir de aquí antes de que empezasen los fuegos artificiales.

Ustov era una de las mejores tiradoras del Krypt — incluso podía ser una de las mejores francotiradoras de todo Rusia — y su especialidad era el fuego continuo. Podía mantener cualquier arma nivelada, incluso las que tenían un retroceso infernal, y la gustaban los calibres mayores por los rastros de fuertes explosiones carmesí que dejaban en su estela. Hoy llevaba un par de MAC-11, que juntas disparaban unas incomparables 3,200 rondas por minuto — y en estos momentos, dirigía cada bala hacia el que les perseguía.

Como en cámara lenta, Gerhard se detuvo ante la aparentemente infinita ráfaga, se enderezó, y luego dio un salto hacia atrás mientras las balas golpeaban el suelo a sus pies. Finalmente, cuando los cargadores de Ustov se quedaron vacíos, Gerhard cayó de espaldas, levantando polvo alrededor de su pesado cuerpo.

Ustov simultáneamente soltó ambos cargadores, haciendo que cayesen humeantes a sus pies. Recargó y esperó, por si acaso.

“¡Guau, la leche!” Le dijo Sparks a Ustov al pasar junto a ella. “Ahora es cuando huimos corriendo.”

Tras otros pocos segundos ella se giró para marcharse. Algo no estaba bien, pero el excitado hacker tenía razón. Tenían que irse, para que no les cogiese su propia trampa. Al dar la espalda a la columna de Zero Sum que estaba llegando, notó que el resto del equipo ya tenían puestos sus filtros de aíre y sus gafas de protección, y ella también se las puso.

Sparks abrió un canal de comunicación. “Cuando estés listo.”

“Ya,” dijo una voz por la radio. Era la de Pinpoint, el francotirador del cielo de los Banshees, volando a una altura orbital de 400 km.

Dos segundos más tarde, una columna de luz cegadora chocó contra la isla, envolviéndolo todo — a los Zero Sum, a los héroes que huían, absolutamente todo. El rayo solo duró un segundo, y su efecto fue instantáneo. Los Zero Sum aullaron,  dieron aspavientos, y cayeron al suelo, con todos sus sentidos abrumados. Varios segundos más tarde, solo unos pocos permanecían inconscientes, y daban vueltas en el suelo, alocadamente.

Beowulf dejó de correr y se volvió, y los demás le imitaron. Muy pronto escucharon el monótono zumbido de un avión que se acercaba.

“Me parece que nos hemos pasado,” murmuró Sparks mientras el agudo silbido de bombas cayendo rompió el aire nocturno.

Beowulf puso una mueca, divertido. “De eso nada, chico.”

Enormes bombas de gas cayeron sobre el suelo de la jungla en un área de unos cuatrocientos metros cuadrados alrededor del campo de batalla, lanzando al aire nubes de toxinas incapacitadoras. Poco más de un minuto después, el último de los Zero Sum se derrumbó, sacándolos de la pelea. Vivos.

“Vamos,” dijo Beowulf, dejando a Félix en el suelo. El Patriota estaba empezando a recuperar la consciencia, gimiendo y agarrándose el pecho de una forma que mostraba claramente que su chaleco le había salvado. Quizás no le había salvado las costillas, pero vivirá. “Ha llegado la hora de que nos unamos al feste—.”

El suelo tembló y el sonido del metal liberándose del metal bañó la isla.

“¿Qué coño?” Ustov corrió hacia la nube de humo, hacia la estructura, hacia Kholera. Menos Félix, los demás le siguieron, saliendo de las oscuras toxinas justo a tiempo para detenerse antes de caer por un escarpado precipicio — justo donde esperaban que estuviese la estructura. En vez de eso, toda la instalación era visible en el mar, navegando por las olas como una enorme ballena saciada, con el estómago lleno de peces desafortunados.

“¿Crees que se metieron a tiempo?” Preguntó Sparks. Fue a coger su radio, pero Beowulf le agarró la muñeca, firmemente. El agente Krypt no tuvo porque pronunciar su mensaje.

“Tienes razón,” asintió Sparks. “Lo consiguieron, por supuesto.”

 

 

Viernes, 23 de Julio, 2004
0337 horas GMT (5:37 de la madrugada, hora local)
El Mar Báltico

 

“Como siempre, tu sentido de la oportunidad es deplorable,” dijo Alex. Ella soltó los cabos que la unían al barco y se puso de rodillas sobre el casco. Finalmente, hacía unos pocos minutes que el vehículo había salido a la superficie, pero ella había esperado hasta que estuviese totalmente segura de que no volvería a sumergirse. No la apetecía tener otra lucha contra la alta estela del vehículo mientras este se sumergía velozmente en la oscuridad.

“Si, pero no puedes criticar mi previsión.” Poole guardó su traje de inmersión — otro regalo del agente Krypt, Viper, quien recientemente había llegado al cuartel general de la organización. El resbaladizo traje de neopreno de cuerpo entero estaba diseñado para soportar la presión de aguas profundas y almacenar oxígeno en discretos y muy delgados bolsillos por el pecho, espalda y piernas. Una idea magnífica — algo que Poole deseaba haber tenido durante más de alguna antigua operación.

Una escotilla cercana se abrió y alguien salió al casco. Poole instintivamente fue a por su arma, sacándola del bolsillo sellado que tenía el traje en la cadera. Se puso en pie y se escondió tras una esquina, fuera de la vista y junto a Alex, que había hecho lo mismo.

Escucharon atentamente, oyendo cortas órdenes en Ruso y el ruido de ruedas girando y el metal al chocar. ¿Tropas? ¿Armas?

“¿Alfombra?” Susurró Poole a Alex, asombrado. “Mi Ruso no puede ser tan malo.”

Asomándose por la esquina, se encontraron que no era tan malo. Varios camareros rodaban la última parte de una ancha alfombra roja sobre el casco — y otros sacaban mesas, y sillas, y un piano, y una escultura de hielo.

Poole suspiró audiblemente. “Menudo es Kholera,” gimió.

En pocos minutos, los “invitados” empezaron a llenar el rápidamente construido sitio para la fiesta. La mezcla de invitados era un ‘quien es quién’ de los fabulosamente ricos, los absolutamente guapos, y los increíblemente hábiles, con algún mercenario, invitados por su lealtad, no por sus contribuciones. Pero tras diez minutos, con la fiesta en todo su auge, aún no había aparecido el anfitrión.

Alex miró como los camareros iban de la fiesta a la escotilla. “Necesitamos una distracción,” dijo.

“Anda, hola.” Una delgada rubia vio a Poole y fue a por su presa antes de que todos los que estaban a bordo se emparejasen. “Soy Sierra. ¿Quieres bailar?”

“Eso servirá.” Alex empujó a Poole hacia la mujer, aprovechando la momentánea pausa al recibirle la fiesta para meterse por la escotilla.

Alex,” siseó Poole.

“Ese es un traje… tosco,” ronroneó Sierra. “¿Siempre te vistes tan atrevidamente en las fiestas?”

“Me gusta llamar la atención,” contestó Poole, mientras la hacía girar hacia la fastuosa muchedumbre. Intentó mirar fieramente en dirección a Alex, pero ella ya se había ido.

 

 

Bajo los camarotes de los invitados y de los camareros, la bodega de la llamada “Arca” de Kholera estaba en silencio, pero amenazaba recobrar la vida en cualquier momento. Como un cadáver reciente asentándose para la última bobina de una película de zombis, las salas estaban huecas, sin vida, pero de alguna manera estaban animadas. Bajo el profundo zumbido de las máquinas del barco, más allá de sus minúsculas vibraciones, Alex estaba segura de que había visto un ligero movimiento, susurros. No estaba sola.

La tenue luz que había por las cavernosas bodegas inferiores dejaba los rincones en sombra, invisibles las paredes lejanas. Alex se deslizó por el borde de la sala para disminuir la posibilidad de que algo la pudiese sorprender, pero los constantes y rítmicos temblores de las máquinas no la dejaban escuchar bien. Cada ruidito resonaba por la bodega del barco, oscureciendo su punto de origen.

Quizás fue por eso por lo que no se enteró de la obvia proximidad de la voz al acercarse a ella. Quizás había reconocido de quien era y subconscientemente la había desechado. Esperaba que fuese lo primero, ya que lo último significaría que ella había permanecido mucho tiempo, demasiado en compañía de Poole. Solo él era lo suficientemente duro para ignorar los penitentes gemidos mortales de alguien que estaba cercano a la muerte, prematuramente obviando al sufridor sin reconocerle o pensar en él.

Alex se dio cuenta de esto al pasar junto a una pesada puerta, cuando algo pegajoso chocó contra la pequeña ventana de cristal que estaba centrada en la parte superior de la puerta. Ella dio un salto, apuntó con su arma hacia el fantasmagórico sonido, y esperó a que se repitiese. Lo hizo, y también se le unió unos gemidos de dolor desde el otro lado de la puerta. Algo se estaba muriendo ahí dentro.

Las luces se encendieron por toda la sala, mostrando que no era un simple taller que había creído Alex, sino un laboratorio, con vacías mesas quirúrgicas de acero, manchadas de sangre y de cosas peores. Ella dio un salto, incapaz de contener su asombro, y volvió a dar un salto cuando el sonido se reveló que procedía de lo que quedaba de un brazo humano, soltando trozos de carne cada vez que golpeaba el cristal. Su instinto le hizo mirar hacia otro lado, pero su mórbida curiosidad y su profunda compasión hizo que mirase la manchada abertura cuando la cara de una temblorosa persona — o lo que quedaba de ella — apareció.

            Era como si los músculos del pobre hombre hubiesen tirado la toalla y solo su pálida piel mantuviese junto el moribundo tejido. Por todos lados, colgantes bolsas de carne inútil colgaba de los huesos, amenazando con hacer que lo que quedaba de musculatura adoptase una última pose mortal. La muerte de esta víctima era lenta, y aunque sus ojos se movían sobre hundidas mejillas, Alex podía ver que la víctima sabía que el fin estaba próximo, conocía su destino mucho antes de que este llegase.

“Magnífico, ¿verdad?” Las palabras del Dr. Kholera resonaron por la habitación, interrumpiendo el horror que sentía Alex. “Un final muy adecuado para un adversario tan molesto.”

Ella miró a su alrededor, encontrando finalmente al genio en una sala contigua, tras un amplio panel de vidrio reforzado.

Kholera continuó. “Eres bastante hábil, aunque demasiado curiosa. Muy parecida a tu padre.”

“¿Conoces a mi padre?”

“Venga,” sonrió Kholera. “Ya conoces la respuesta. Esta es tu oportunidad de aprender algo importante antes de que mueras. Rétame.

“Muy bien. ¿Dónde está el Clavo-de-Dios?”

Kholera se alegró, su sonrisa ampliándose para mostrar viejos dientes manchados y sus ojos relucieron con una locura apenas contenida. “Perfecto. La niñita de su padre busca su mayor invención. ¿Para qué querrías algo así? Solo sirve para la total e irrevocable destrucción.” Se detuvo antes de añadir. “Después de todo quizás haya esperanza para ti…”

“Lo destruiré, después de destruirte a ti.”

Kholera agitó la cabeza, disfrutando de la arrogante ingenuidad de la agente Krypt. “Niña… Eres demasiado joven para esta guerra. ¿No te ha enseñado nada tu amante?”

Alex encolerizó.

“También te excitas. Veo grandeza en ti, y si yo fuese otro hombre, un hombre menor, quizás te hubiese dado una oportunidad de unirte a mi mundo purgado… Pero no soy un estúpido. Tu padre ciegamente persiguió sus… ideales hasta la tumba, y yo estoy seguro que compartes su empuje. Si no fuese así no estarías aquí, y no tendría el placer de compartir los últimos momentos de tu vida.”

Las manos de Kholera se dirigieron hacia unos controles que había al otro lado de cristal, y Alex escuchó el leve zumbido de la ventilación. Puertas anti-explosión se cerraron de golpe a su alrededor, cerrándola cualquier huida. No notó el suave golpe y las tenues pisadas tras ella…

“Había previsto que mi antiguo prisionero sería la única oportunidad que tendría para probar otro de los inventos de tu padre — la infección que está entrando en tu sala — ¡pero tu! ¡Es lo mejor! ¡La verdadera definición de la ironía!”

“¡Kholera!” Poole se incorporó tras Alex, empujándola hacia la celda de anti-contaminación del laboratorio. Golpeó con la mano el botón de Cierre general, asegurándose que se quedaba dentro, y se giró para mirar a su némesis, levantando su Browning Alto Poder hacia el vidrio reforzado. “Tu y yo tenemos asuntos pendientes.”

“Desde luego, pero me temo que esta vez, tu gusto por la violencia no conseguirá que salgas con vida. Ese cañón de mano que tienes no es lo suficientemente fuerte como para atravesar estas paredes, me aseguré de eso, y mientras hablamos, la infección se está extendiendo por el aire. Muy pronto envidiarás a tu amiga de la celda contigua.”

“En parte tienes razón,” dijo Poole, apretando el gatillo. La bala se clavó en el vidrio, terminando su trayectoria, y Kholera sonrió. “Ambos la envidiaremos.”

El vidrio se astilló, grietas en forma de tela de araña surgiendo en todas direcciones desde el punto de impacto. El último de los “regalos” de Viper para la misión: munición especial que vibraba al impactar, rompiendo cualquier cosa contra lo que chocaba — carne, maquinaria, vidrio…

Poole volvió a disparar y el vidrio se rompió, lanzando trozos de cristal al aire entre ambos rivales. La sonrisa de Kholera desapareció, su cara convirtiéndose en una máscara de terror e ira. Luchó con los controles pero sabía que ya era demasiado tarde — se había contagiado. Como Poole había prometido, ambos lo estaban. Pero quizás podría hacer una última cosa, si solo podía hacer que Poole se distrajese el tiempo suficiente…

“Tengo que admirar tu compromiso, Richard. No todos los auto-nombrados campeones tienen el valor de morir por sus convicciones. Aunque supongo que siempre has esperado este día. Después de todo, no es la primera vez que Yerik Kolesnikov te ha matado.”

Alex miraba a través de la pequeña ventanilla de la celda de anti-contaminación. Podía escucharlo todo — Kholera probablemente mantenía encendidos los altavoces de la celda mientras que el desafortunado cautivo al otro lado de la puerta languidecía — y está última vuelta de tuerca la dejó asombrada. Por supuesto que Richard había conocido a su padre. Ellos dos crearon a los Shadow Patriots, ¿pero esto? ¿Cómo? ¿Estaba Kholera disimulando, o sabía algo sobre Poole… que quizás el propio Poole no sabía?

“Ahhhh, confusión…” continuó Kholera ante los controles. Casi había acabado. Muy pronto podría cantar victoria absoluta sobre su descaminado y charlatán enemigo. Su única pena era que Poole no la vería. “No lo recuerdas… Por supuesto que no. Yerik se ocupó de eso. Y por la expresión en la cara de tu amante, diría que Yerik se llevó ese pequeño secreto a su tumba.”

Poole se giró y miró a los ojos a Alex. Cada uno buscaba algo que esperaban no encontrar — confirmación, respuestas a todas las preguntas que Yerik dejó tras de si. La conclusión.

No encontraron nada.

Están idos. Ha llegado el momento de la ruina del campeón.

“Es tan cansado, ¿no crees? Tolerar las debilidades de los demás… Viviendo con sus debilidades… ¿Despreciándoles cada… vez… que… respiran?”

Poole se volvió hacia el demonio que tenía a mano. “Esa es tu psicosis, Kholera. No la mía.”

“¿Cuántas de mis víctimas has matado? ¿Cuántas más has sacrificado para ‘mantener el mundo a salvo para los míos’? Para alguien que tiene complejo de Dios, pareces muy contento quitar las ovejas negras del rebaño. Ten cuidado. Muy pronto no quedará nadie para darte las gracias.”

“Está empezando tu demencia. Te estás imaginando cosas.”

“¿Lo estoy? A lo largo de los años, mientras hemos estado bailando, ¿con cuántas vidas inocentes has acabado? ¿Cuántos de sus nombres recuerdas?”

“¡Tu matas! Yo—”

“¿Qué? ¿Les liberas? Les sacas de este insufrible anillo mortal, ¿solo para que tu y tu preciosa Corona pueda disfrutar de un año más de mediocridad sin sentido?” Kholera disfrutó con la expresión de Poole. “La única diferencia entre nosotros, Sir Richard Poole, es que cuando yo destruyo algo, lo reconstruyo.”

“Tienes razón. Ambos tenemos sangre en las manos. Pero hay otra diferencia entre nosotros. Por el momento, la sangre de mis manos no es literal.”

Kholera intentó levantar las manos, pero eran como ladrillos. Miró a los controles, a los inútiles sacos esqueléticos que habían sido antes sus manos, y vio como la sangre y los tejidos licuado gotear alrededor de sus uñas y a través de los poros. Se estaba contagiando rápidamente, pero…

“Tu,” le dijo Kholera a Poole, “no tienes síntomas… ¿Por qué?”

“Me imagino que por hoy Dios ha acabado de quitar las ovejas negras del rebaño.”

Kholera no sintió nada mientras sus piernas se desplomaron y él cayó al suelo.

“Adiós, Friedrich.” Poole estaba igual de sorprendido ante su extraña falta de reacción a virus de prueba, pero ahora no podía pensar en ello. Por el momento, tendría que ser otra pregunta más que le haría a su viejo amigo Yerik cuando se volviesen a ver… en otra vida.

Levantó la mano hacia Alex, para señalarla que no se había olvidado de ella, y se dirigió hacia los controles de Kholera. Limpiar a fondo la sala debería ser…

Poole reconoció la pantalla de control nada más verla. Se había encontrado con más de una en guaridas de villanos por todo el globo terráqueo, había desarmado la mayoría, incluso había usado unas cuantas. Era un sistema de guía de misiles. Esta ya había hecho la cuenta atrás, sus pájaros ya estaban en el aire, y a no ser que se equivocase, no podían ser detenidos a tiempo. Pero nada de eso era lo peor.

Activado Seguro, ponía en la pantalla. Latitud Objetivo: 51’29˚ N. Longitud Objetivo: 0’0˚ W.”

Estos pájaros se dirigían hacia Londres.

  

 

Jueves, 22 de Julio, 2004
2017 horas GMT (9:17 de la noche, hora local)
Ámsterdam

 

> TERMINAL I.F. #23984: Me gustan tus ventanas. Bonita vista. Que pena que no pueda ver la puesta de sol.

Emilio asintió y luego se enderezó con un gemido. Sentía la espalda como si fuese madera… dura, inflexible. Cerró la conexión y se puso en pie, dirigiéndose a los enormes ventanales que daban sobre la ciudad. Más allá, helicópteros Pitfall subían y bajaban por la ciudad como perezosas libélulas en un día caluroso. Fuegos sofocaban el cielo y motines habían aparecido por doquier. Era el caos, aunque mirándolo bien, muy pronto acabarían…

El sol ya estaba cerca del horizonte, bañando de reluciente oro y morado todo el paisaje. Ya, las partes más alejadas de la ciudad estaban en tinieblas, y aunque Emilio no podía ver esas oscuras calles, sabía que estaban llenas de cuerpos de los muertos y de los moribundos. En algún lugar, en su mente, pudo escuchar los escalofriantes gritos de las condenadas víctimas de Kholera, anunciando la próxima extinción de la raza humana…

Muy pronto, los últimos rayos de sol  habrían desaparecido, y los gritos terminarían. Emilio descansó su cabeza contra el frío cristal y rezó una pequeña oración por las almas de los caídos, hoy y cada minuto desde que esto empezó. Cada minuto diseminaba muerte por el mundo.

Los brazos de Asia se metieron bajo los suyos, subieron hacia su pecho, y juguetonamente sus uñas arañaron su cuello. La hubiese dicho lo mucho que le molestaba, si hubiese tenido fuerzas. Si no estuviese dedicando cada gramo de su voluntad a lo que debería pasar.

“No es tu culpa,” ella le dijo. “Yo te metí en esto.”

“Cada hombre es su propio dueño — eso es lo que siempre decía mi padre.” Emilio la sonrió. “Pero buena intentona.”

“Bueno, espero que tu corazón me perdone.” Ella le golpeó en ambos hombros, luego puso sus manos tras su cabeza, forzando a que su barbilla chocase contra su pecho. “Porque yo nunca podré perdonarme.”

Las manos de Emilio subieron para coger las manos de Asia, pero ella ya le había cortado la respiración. No había inhalado antes y su visión se nubló rápidamente. Asia era mucho más fuerte de lo que parecía — aún considerando su pelea en el Asian Star. Debía haber estado conteniéndose cuando estaban juntos en Mónaco. Porque sino, aún tendría moratones.

Al desvanecerse Emilio, sus ojos se dirigieron hacia el reflejo de Asia en el cristal de los ventanales, y le pareció ver como las lágrimas se la agolpaban en los ojos. ¿Cómo puedes esperar que te perdone? Pensó. No hay perdón para los traidores.

Emilio se desvaneció entre los brazos de ella mientras lentamente le dejaba en el suelo. Ella sacó un trozo de papel de su bolsillo y lo colocó entre los dedos de Emilio. No decía lo necesario, pero bastaría. Le besó por última vez, con ternura, y se fue hacia el hangar adyacente al edificio.

En los controles del hangar, hizo que las enormes puertas exteriores se abriesen, simultáneamente cubriendo la zona de aterrizaje, y Emilio, del resto del piso y abriendo el hangar principal — y la bomba de Sparks equipada con el antígeno — al aire de la ciudad. La pesada maquinaria funcionó lentamente, y al abrirse centímetro a centímetro las puertas, reflejaron la cara de Asia infinitas veces entre ambas. Cada mujer que la miraba era desconocida, alguien en que no podía creer en lo que se había transformado, pero en cada una también vio la fuerza de la determinación. Al menos, al final, tenía la fuerza para hacer lo necesario.

Se dirigió a la bomba de Sparks y se arrodilló, siguiendo las instrucciones que este le había dado a Emilio. El temporizador manual empezó su cuenta atrás mientras uno de los helicópteros Pitfall flotaba frente a ella, justo a 6 metros del hangar… 10… 9… 8…

“Lo siento, cariño,” dijo en voz alta, “pero creo que mi deuda hacia los dioses del karma es algo mayor que la tuya.”

Los ojos del piloto del helicóptero se abrieron de par en par al darse cuenta de lo que estaba pasando, e intentó apartar el helicóptero, pero en vez de eso el malhumorado Capitán que tenía detrás de él le gritó al cañonero. El helicóptero se niveló y sus ametralladoras se giraron hacia Asia… 5… 4… 3…

La primera ráfaga la destrozó el hombro, el pecho, y golpeó el suelo detrás de ella, pero ella no sintió dolor. ¿Era esto parte de la concusión, o algo más? Quizás había inclinado la balanza, solo un poco, hacia donde deberían estar. Quizás…

Deo juvante.

La explosión azotó el hangar, haciendo temblar el edificio y las calles colindantes. Desde la superficie, la escena era angustiosa. Forzado a una mortífera espiral sin control, el helicóptero Pitfall chocó contra un edificio cercano, su fuselaje rompiéndose en cien bolas de fuego que cayeron al suelo. Un grito colectivo surgió desde todos lados al mismo tiempo, al asumir los aún vivos que a lo que se enfrentaban eran a sus últimos momentos.

Nadie podía saber la invisible salvación que llevaba la explosión, las oleadas de antígeno diseminarse por la ciudad…

Nadie excepto Emilio, al que le movió por el suelo la explosión. Tres segundos más tarde, se despertó de repente, y recordó donde estaba, y que era lo que estaba a punto de pasar. Sus ojos se abrieron y corrió hacia el hangar, pero sabía que era demasiado tarde.

“Asia… tonta y estúpida mujer…” murmuró.

Emilio se dio cuenta del papel que agarraba con su mano derecha. Luchando contra las emociones que se agolpaban en su interior, lo abrió y leyó…

Hola, Cariño.

Dudo mucho que seas el primero en encontrar esto, pero la gente que lo haga son muy listos. Se asegurarán de que llegue a donde tiene que llegar…