“El Clavo-de-Dios”

 

por B.D. Flory

 

Traducción de Peter Banshee

 

Jueves, 11 de Junio, 2004
0709 horas GMT (1:09 del mediodía, hora local)
82 Kilómetros al Sur de Vanavara, Siberia

Un único rayo de luz atravesaba la oscuridad, roto por la nieve que caía sobre el suelo de la cueva. Con un fuerte golpe. Un gran trozo de hielo se soltó en la ventisca subterránea, rompiéndose contra las losas del suelo. Momentos más tarde, la repentina ventisca bajó en intensidad, cada copo de nieve volviendo a hacer lentamente, mientras una cuerda de nylon negro descendía desde arriba.

“Este parece ser el lugar,” susurró Alex. Un micrófono, insertado en su negro traje pegado al cuerpo, recogió su voz, transmitiéndola a su tirador, el experto en armas, Maxim Godorov.

“No lo creo,” dijo, su voz rompiéndose en su auricular.

Alex tiró de la cuerda, probando lo que se había clavado el pitón. Satisfecha, se asomó por el borde de la recién creada grieta y empezó su descenso, lentamente pasando la cuerda por su arnés de rappel. No estaría bien que se rompiese un tobillo al aterrizar… no cuando estaba tan cerca. “Créetelo, Maxim. Estas piedras están hechas por el hombre.”

“Tonterías,” le devolvió él. “Me lo creeré cuando vea las fotos.”

Alex suspiró, activando la mini-cámara que tenía instalada en el guante. Su aliento formaba una nube y se cristalizaba por el frío. Muy bien. Confió en que cumplirás con nuestro acuerdo cuando veas la prueba.”

“Me siento ofendido por tus palabras. Yo nunca –”

“Guárdatelo,” le interrumpió Alex. Vio un bulto irregular en la nieve recién caída – demasiado grande como para ser un trozo de hielo – cuando llegó al suelo de la cueva. Movió un poco sus piernas, le nieve fresca crujiendo bajo sus pies. “Tengo algo.”

“¿Una imaginación calenturienta?”

“¡Maxim!”

“Lo siento.”

Ahora en silencio, Alex apenas podía escuchar el oscilante sonido que provenía del objeto. Un sonido repetitivo, metálico, que alternaba con un sonido seca, más suave. Soltando su arnés de escalada sobre la nieve y sacando su revolver reglamentario de su funda sobaquera, se acercó al objeto. Cuando fue a quitar la nieve que tenía encima, el objeto empezó a moverse con el crujido del metal rallando el metal. La nieve que había apilada sobre el objeto se convirtió en una densa nube, forzando a Alex a retroceder. Permitió que sus piernas se doblasen bajo ella y cayó de espaldas, exhalando fuertemente al caer para mantener el control sobre su respiración. Disparó una salva de balas al centro de la pequeña nube, solo para escuchar como rebotaban y se perdían en la oscuridad. Tranquilamente, ella dio un giro hacia atrás, rodando hasta ponerse en cuclillas.

Seis patas metálicas se desplegaron bajo la masa metálica, revelando un chasis de unos noventa centímetros de diámetro. No se veían ojos ni sensores, pero cuando Alex rodó hacia un lado para evitar un salto súbito del objeto, este siguió sus movimientos, girándose para estar frente a ella y se movió hacia delante. Una de las patas de la criatura atravesó la tela de su arnés de escalada, pero ignoró la distracción, arrastrando tras de si el arnés mientras atacaba a su presa. Los sonidos metálicos se hicieron más fuertes, claramente surgiendo del torso de la criatura, donde Alex vio docenas de engranajes a través de pequeños agujeros que tenía en las planchas de su armadura.

Alex se arrastró hacia atrás, descartando su aparentemente inútil pistola. Con las manos libres, levantó la palma de su mano izquierda hacia la criatura y tocó con su pulgar el segundo nudillo de su dedo índice de la mano izquierda. La pequeña cámara escondida en la base de la palma de su mano tomó una foto y ella permitió que una sonrisa apareciese en la comisura de sus labios.

Aquí tienes tu prueba, Maxim.

Una pequeña abertura se abrió de golpe en la tripa de la criatura, una ametralladora de varios cañones cayendo y ajustándose bajo la criatura. Alex no reconoció su procedencia, pero sabía lo suficiente sobre este lugar como para adivinar que el arma tenía al menos un siglo. Pero, mientras la apuntaba y sus cañones empezaron a girar, ella supo que el ataque sería tan letal como el de cualquier arma automática moderna, o peor. Ella cambió su dirección y se lanzó sobre la criatura, cogiendo un pitón de su arnés de escalda al deslizarse bajo la criatura, deteniéndose. Una fuente de fuego surgió de los cañones de la ametralladora, el estruendo ensordecedor. Pero no se detuvo, y cambió la forma en que agarraba el pitón para meterlo por la abertura de donde había surgido la ametralladora, metiéndolo en el acero de la criatura y las entrañas engrasadas de sus ejes.

El efecto fue inmediato. La criatura cayó hacia su derecha y luego hacia delante, sus patas centrales inmóviles por los estropeados ejes. La torreta de su chasis giró para verla mientras ella se alejaba, pero se quedó inmóvil cuando la criatura finalmente murió, sus engranajes destruidos por el súbito ataque de Alex. Lentamente cayó sobre las losas de piedra, y se quedó totalmente inmóvil.

Alex se quitó la nieve de su traje térmico, examinándolo por si tenía algún trozo roto. No se podía permitir que los micro-circuitos del traje tuviesen alguna avería; era lo único que tenía entre ella y el rudo invierno Siberiano. Satisfecha, informó. “Por si estabas preocupado, estoy bien, Maxim.”

“No quería distraerte,” dijo secamente el Ucraniano. “¿Qué ha pasado?”

“Tengo las pruebas,” respondió satisfecha Alex. “Deberías poder verlas ya.”

Desinflado, Maxim murmuró una exclamación que apenas era repetible. “Lo tengo,” suspiró.

“¿Satisfecho?”

“Vale, vale. Las Ciudades Cripta existen. ¿Cuántos rublos eran?”

“Buena intentona, la apuesta era en dólares.”

“Vale, quemaré los rublos. Quizás me mantengan caliente.” Maxim se rió. “¿Te había dicho ya lo mucho que odio Siberia?”

“¿Preferirías estar aquí abajo?” Maxim molestaba a Alex. Ella le encontraba demasiado hablador. “Vuelvo a modo silencioso.”

“Ha sido algo que –” Tocando su oído, Alex apagó su radio, silenciando la voz de Maxim.

Ahora más cautelosamente, la agente de los Cuerpos de Cadáveres se arrastró lentamente hacia delante. Vio más guardianes mecánicos por la sala, y aunque parecían inactivos, les dio un amplio rodeo, por si acaso. La bastamente esculpida cueva era enorme, desapareciendo en la oscuridad ante ella, pero cuando se puso sus esbeltas gafas de visión nocturna ante los ojos…

El muro de la cueva que tenía a unos cientos de metros delante no era de piedra, era de acero. Era esto: una Ciudad Cripta. La Ciudad Cripta. Uno de los miles de proyectos personales de su padre, que administraba ocultamente junto a aliados que Alex aún desconocía. Se volvió a tocar su auricular. “Maxim, esto…” Asombrada, no podía encontrar nada nuevo que añadir. “Es esto.”

Se acercó lentamente, deteniéndose a un metro de su objetivo. La puerta de acero era muy alta, cerrada y sellada por colosales cerrojos. “Tantos secretos,” susurró reverentemente.

“¿Qué susurras?” Dijo Maxim, su voz un burlón susurro. Alex no respondió, y él adoptó un tono más serio. “¿Qué pasa?”

“Nada.” Alex tembló para salir del momentáneo lapso. “Todo.”

Cerca de allí, un cubo de treinta centímetros de lado sobresalía de la puerta, más o menos a la altura del hombro. Se acercó al cubo y limpió la lisa capa de hielo que cubría su cara, y vio el molde de la mano de un hombre. Ella se quitó un guante y puso suavemente su mano en el molde, como si se comunicase con algún dios olvidado. El frió hizo que temblase, y rápidamente apartó la mano, volviéndose a poner el guante. “No hay instrumentos visibles. Subo a por el –”

Un fuerte crujido resonó por la cueva. Alex levantó la vista, siguiendo la procedencia del ruido, hasta un punto donde el hielo que envolvía una de las cerraduras se estaba empezando a resquebrajar. Ella rápidamente retrocedió mientras el hielo se rompía y la cerradura – ahora libre – se metió hacia dentro. Uno a uno, cada una de las cerraduras siguieron a la primera, las paredes cercanas reverberando con un profundo sonido de algo que se estaba triturando al intentar la puerta liberarse del hielo. El rugido de un sedimento rompiéndose la hizo pensar en una gran bestia que se levantase de un antiguo sueño, un dios sobrenatural enterrado lejos de la vista de los hombres…

La Cripta se abrió. Justo detrás de la puerta, Alex vio a otros dos inertes guardianes, sus engranajes y ametralladoras en silencio. Tras ellos, se extendía una pasarela de acero, flanqueada por máquinas que hacían pequeñas las torres más altas de la edad moderna. Solo las partes más altas sobresalían por encima de la pasarela, los cimientos perdidos en las sombras.

“¿Qu–––––lex? La voz de Maxim se ahogó entre ruidos parásitos mientras Alex entraba. Momentos más tarde, se desvaneció totalmente tras un gemido de acople de sonido. Solo medio dándose cuenta de la complicación, Alex se quitó el auricular de su oído y lo soltó. Colgaba de su cuello, olvidado.

De repente ella sintió como si alguien estuviese pisando sobre su tumba. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al darse cuenta de que era ella la que caminaba sobre la tumba de su padre; esta era la tumba de las ambiciones de su padre, la pira funeraria para el legado de su causa. Los monolitos que la rodeaban eran unas contradicciones inmensas e intrincadas – inmóviles pero a su vez vivos de movimiento. Miles de pesas, contrapesas, indicadores, válvulas, y todo tipo de instrumentos cubrían la superficie de cada torre, pero cada una estaba en silencio, implacable, sin haber sido tocadas durante todos estos años.

Cuatrocientos metros más dentro, una de las estructuras estaba quieta y fría, elevándose sobre las demás como un solemne guardián vigilando una ciudad olvidada. La pasarela se dividía alrededor de esta estructura, cada lado desapareciendo en las profanidades de la Ciudad Cripta, y un alto y ancho panel de control estaba en la intersección, su superficie escondida tras una capa de hielo opaco. La parte superior del panel se curvaba hacia la pasarela, aparentemente para dar acceso a los botones y palancas superiores, pero a Alex la recordó a un oso esperando para saltar a cualquiera que fuese tan tonto como para acercarse.

El panel de control cobró vida al acercarse Alex a seis metros, sus luces e indicadores lentamente ganando fuerza, y luego intensidad… La mayoría del panel brillaba de color rojo intenso, los indicadores más cercanos o fijos o oscilando en ciclos erráticos. En el centro del panel, cerca de la palabra Rusa para ‘ignición’, Alex encontró un amplio agujero circular, acabando varios centímetros dentro de la máquina, donde varios estrechos huecos eran visibles en el metal. Faltaba una parte del panel.

¿Una llave? Se preguntó.

De repente, el aire se llenó del ruido seco y constante de un primitivo teletipo mientras el panel vomitaba un torrente de quebradizo papel amarillento. Con cuidado, ella recogió el papel con una mano, sus ojos mirando las palabras que contenía con el mismo ritmo solitario…

 

FALLO EN EL ARMADO. FALLO EN EL CERROJO EXPLOSIVO. FALLO EN EL LANZAMIENTO. DISTANCIA MÍNIMA DE SEGURIDAD: 100 KILÓMETROS.

 

PERIODO INDEFINIDO DE INCENDIO.

 

El corazón de Alex se detuvo. Padre, pensó, ¿qué has hecho?

 

 

Jueves, 30 de Junio, 1908
0011 horas GMT (6:11 de la mañana, hora local)
Tunguska, Siberia

 

“¿Qué has hecho, Sinclair?” Gruñó Yerik. “¿Qué has dicho sobre el experimento que estamos haciendo aquí?

El agente Majestic Miles Sinclair estaba encajonado. Cuatro paredes de hormigón, unidas al suelo y el techo al igualmente impenetrable suelo y techo de hormigón. La única forma de salir del pequeño bunker era a través de una pesada puerta metálica, a unos seis metros de distancia por el pasillo, subir quince escalones y salir por una escotilla sellada. Los dos guardias que había junto a la escotilla no presentarían problemas a un agente de la experiencia de Sinclair, y cualquiera con el que se encontrase por el camino sería poco más que un parásito chupa-tintas. El problema era Kolesnikov.

El problema siempre era Kolesnikov. El ruso era impresionante. Incluso desde el otro lado de la amplia mesa que había entre ellos, Sinclair sentía cada músculo de los 100 kilos de la estructura ósea de Kolesnikov, y sabía que él estaba preparado para atacar en cualquier momento. También sabía que en su debilitado estado, con los brazos y piernas encadenados a su silla, no tenía ninguna oportunidad contra ese loco.

Kolesnikov distraídamente se rascó la raíz de una cicatriz que surgía de su cuero cabelludo, y continuaba hasta su sien izquierda. “Sigues pensando en escapar,” dijo, dándolo por hecho. “Yo de verdad no me molestaría. Sé que tus habilidades son formidables, pero te faltan los mejores juguetes de su Majestad…” El ruso levantó una colección de gadgets. “…y tienes una costilla rota.”

Repentinamente empujó la ancha mesa hacia Sinclair, haciendo que chocase contra el plexo solar del cautivo. Y acertó con una de las costillas flotantes de Sinclair que aún no estaba rota, disfrutando de como sonaba al romperse por el impacto.

La silla de Sinclair permaneció en pie, cogida entre la mesa y la pared, pero este se inclinó y tosió abundante sangre sobre la mesa.

“Dos,” se burló Kolesnikov. “Quería decir dos costillas rotas, por supuesto.”

Sinclair lentamente se enderezó, el respirar hacia que temblase dolorosamente su pecho. “¿Qué es lo que quieres?” Escupió.

“Me gustaría mucho que tu precioso Rey dejase de enviar sus soldaditos de juguete para interferir con mis planes,” dijo secamente Kolesnikov. “Pero, como ambos sabemos que eso no es probable, me conformo con saber quien sabe que estás aquí, y que les has dicho.”

Ahora erguido, Sinclair apretó con fuerza sus labios.

“¿Necesito recordarte, viejo amigo, que las buenas cosas vienen de tres en tres?” El ruso se apoyó sobre la mesa, sus intenciones claras, y Sinclair gimió al presionar la mesa una vez más su astillada caja torácica.

“El Majestic lo sabe,” jadeó Sinclair. “Todo.”

“Lo dudo mucho,” Kolesnikov se rió, levantándose una vez más.

“Sabemos que saboteaste la Conferencia de la Haya.”

“Tus compatriotas me honran demasiado,” se rió Kolesnikov. “Ninguno de los Poderes Fácticos están interesados en el desarme. No tienen demasiados incentivos. Eso cambiará.”

Los ojos de Sinclair se abrieron un poco. “¿Quieres la guerra?”

“Una guerra como nunca antes ha visto Europa, y en su propia tierra.”

De repente, Sinclair estaba seguro de una cosa. Kolesnikov se había vuelto loco. “Cientos de miles de personas morirán.”

“Y quedarán millones más,” respondió Kolesnikov. “La verdad es que es un pequeño precio a pagar, y quizás no sea suficiente. Creo que habrá una segunda confrontación para demostrarlo.”

“¿El qué? ¿Para qué tanta muerte innecesaria?”

“¡La muerte sin razón es lo que hay que demostrar!” Kolesnikov levantó apasionadamente los brazos en el aire, como un orgulloso profesor acercándose al final de una demostración junto a un alumno de talento. “Despertará la emoción más fuerte de la humanidad… el miedo. Y el miedo es nuestra única salvaguardia contra la aniquilación.”

La mente de Sinclair vaciló, intentando no quedarse atrás mientras Kolesnikov proseguía.

“No lo puedes comprender, pero los hijos de tus hijos si lo entenderán. Dentro de cien años, la guerra no será mas que muerte, matanzas innecesarias por continentes enteros… Un Apocalipsis violento, final.”

“¿No es eso lo que estás construyendo aquí, Yerik? ¿Un Apocalipsis?”

“Para algunos,” asintió Kolesnikov. “Para otros, una bandera ardiendo que proclama la muerte de valor ciego, del heroísmo ignorante y sin sentido. Habrá guerra, viejo amigo, pero en mis términos. La gente volverá a sentir el miedo.”

Sinclair luchó con sus ataduras, una vez más maldiciendo su mala suerte. Si Kolesnikov no hubiese encontrado su navaja de bolsillo automática…

“Pero no para ti, lo siento.” Kolesnikov interrumpió los pensamientos de Sinclair, levantando una pistola hacia la frente del agente del Majestic. “Nunca has mostrado miedo, nunca en los muchos años que nos conocemos, y creo que es mejor que nunca lo tengas.”

Varios minutos después de escuchar el eco del disparo proveniente de la improvisada sala de interrogatorios, el Zar Nicolás escuchó como se acercaban las pisadas de Kolesnikov al observatorio del bunker. No se preocupó en levantar la vista de su almuerzo de caviar y vino cuando entró Kolesnikov. “¿Está hecho?” Preguntó.

“Si.” Kolesnikov se acercó a un gran panel de control que había junto a la contraventana de plomo que cubría la ventana exterior del bunker. “El Majestic estaba solo.”

“¿Te lo dijo?”

“No, pero el dolor hace que mientas mal,” contestó Kolesnikov. Sus superiores no saben nada. Estaba demasiado metido.” Movió un interruptor en el panel de control y la contraventana lentamente se elevó, permitiendo que la pálida luz del amanecer Siberiano inundase la habitación.

El Zar dejó a un lado su almuerzo y se reclinó en su asiento. Se preparó para un magnífico espectáculo. Mientras Kolesnikov permanecía en los controles, el horizonte… cambió, rompiéndose, cayó hacia un lado, apartándose del creciente agujero que había en la helada tierra – un barril horadado en el mundo.

Segundos más tarde, apareció la punta de una gris torre de pizarra, surgiendo de una de las llamadas “Ciudad Cripta” de Kolesnikov, clavándose en el cielo como si fuese un cuchillo blandido por algún enemigo infernal que intentaba escapar de su inoportuno enterramiento. La torre se elevó cada vez más, hasta que se elevaba medio kilómetro sobre el horizonte, un dedo acusador apuntando directamente al Cielo.

El Zar se recostó contento en su asiento, casi canturreando excitado. “Es magnífica,” dijo, “¿esta…?”

“Clavo-de-Dios, Vuestra Eminencia.”

“Clavo-de-Dios…” repitió en voz baja Nicolás, reverentemente. Con un ligero temblor en su voz, prosiguió. “¿Estás seguro de que las contramedidas están preparadas?”

“Contramedida, Vuestra Eminencia.” En singular, bobo, siguió mentalmente Kolesnikov. “Aquí estamos a salvo.”

Nicolás asintió, pero a pesar de que Kolesnikov lo había explicado una docena de veces, sabía que el ignorante rey no lo entendía. No como Sinclair lo hubiese entendido. Era una pena que aquellos a los que Kolesnikov encontraba más dignos eran también los que más a menudo se requería eliminar.

“Prosigue,” respondió teatralmente Nicolás. “Muéstrame el ‘futuro de la guerra’.”

Kolesnikov se mordió la lengua. Esperaba ansiosamente el día, que rápidamente estaba llegando, en el que los Bolcheviques borrarían a este estúpido de la faz de la tierra. Silenciosamente, sacó el cilindro de armado de un pequeño cofre que recientemente le había entregado uno de sus hombres. Insertó el cilindro en el panel de control del Clavo-de-Dios y escuchó el pesado sonido metálico cuando sus patas de agarre se abrieron hacia los cuatro puntos cardinales, activando controles de relojería y mandando un mensaje de armado a través de los kilómetros de cable subterráneo, hasta el corazón de la torre.

Con un movimiento decidido, giró el cilindro un cuarto de vuelta hacia la derecha, y esperó. Segundos más tarde, un pequeño flash de luz se iluminó en la punta de la torre, bajando por las juntas que había en los costados, dividiendo la estructura en cuatro mientras un imposiblemente violento fuego corría por su interior. Los árboles a cada lado humearon, luego ennegrecieron, y después ardieron mientras la torre explotaba con una luz totalmente blanca.

Casi tardó un segundo en llegar al bunker un estruendo que rompía los oídos, y Kolesnikov no intentó suprimir su sonrisa ante el grito de sorpresa y dolor de Nicolás.

El resplandor se desvaneció y apareció un muro de fuego en movimiento que se dirigía en todas direcciones, aplastando o totalmente destruyendo todo lo que se encontraba a su paso, consumiendo el inmenso bosque como un hambriento depredador. Incluso desde aquí, Kolesnikov podía escuchar como el bosque se retorcía y aullaba cuando la verde madera se combaba y expiraba bajo el calor.

Esta es la forma en que muere el mundo, pensó fríamente Kolesnikov. Bajo el fuego.

Tras él, el Zar chilló con terror, abrumado por el furioso, ardiente monstruo que rodaba hacia el bunker. “¡Basta!” Gritó. “¡No más!”

Kolesnikov permitió que la bestia se alimentase un momento más, sonriendo ante el caliente escozor de mortalidad que lamía su piel. Conocía el hambre de la bestia, un hambre que ardería durante diez mil años…

Si yo no la detengo.

Tranquila y lentamente, Kolesnikov giró el cilindro de control del Clavo-de-Dios hasta que lo sacó de su sitio y extendió la mano hacia su izquierda, donde un inmenso fusible esta incrustado en la pared. Saboreó la tormenta de fuego por última vez… y bajó con fuerza el fusible.

Escuchó y sintió el cambio antes de que se viese. Una aullante cacofonía surgió desde detrás del muro de llamas, y sintió como el calor se desvanecía en el bunker. Muy pronto, las llamas detuvieron su avance, y parecieron inclinarse hacia atrás, como si desafiasen las propias leyes de la física. Y entonces, con un tremendo trueno – otra increíble explosión en la zona cero – todas y cada una de las llamas desaparecieron en el aire, al mismo tiempo.

En realidad, Kolesnikov sabía que la segunda explosión había consumido todas y cada una de las moléculas de aire, mostrando la única debilidad del Clavo-de-Dios: a pesar de liberar un poder casi ilimitado, seguía produciendo llamas, y como todas las llamas, requería un componente básico… la segunda muestra de hoy del genio científico de Kolesnikov había robado al Clavo-de-Dios su ira, y además había demostrado su propuesta – la única forma de detener el apocalipsis era por la fuerza, en este caso un arma aún mayor que su artilugio del día del juicio final.

“Magnífico,” respiró el Zar Nicolás, sin decir nada más.

Como un niño, pensó una vez más Kolesnikov. Impresionado por el sonido y la furia. No pronunció sus pensamientos, pero sus palabras fueron igualmente mordaces.

“Un comienzo.”